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Los
físicos cuánticos fueron los primeros que llamaron
la atención sobre los notables paralelismos entre la concepción
del mundo que surge de las nuevas teorías científicas
y las teorías orientales (especialmente el hinduismo, el
budismo y el taoísmo). Fritjof Capra, uno de los principales
difusores de esta idea, dice en su libro el Tao de la Física:
"Así
pues, la conciencia de una profunda armonía entre la visión
del mundo de la física moderna y las visiones del misticismo
oriental aparece ahora como parte integral de una transformación
cultural mucho más extensa, que conduce a la emergencia de
una nueva visión de realidad que requerirá un cambio
fundamental de nuestros pensamientos percepciones y valores".
(1987:17) Dentro de este proceso - que profundamente implica la
búsqueda del hombre contemporáneo por recuperar su
espiritualidad perdida y una relación mas armónica
con la naturaleza y el cosmos - vemos que Occidente está
ahora acercándose a las antiguas tradiciones de pensamiento
que antes rechazó.
Volviendo
nuestra mirada hacia América creemos que así como
los físicos han tendido los lazos con el misticismo oriental,
desde la antropología es posible encontrarlos con la cosmovisión
de las culturas indígenas. Nos interesan especialmente las
culturas americanas y hemos comenzado a investigar este tema pues
creemos que hoy es posible y necesario construir puentes allí
donde siempre hubo abismos.
Nuevos
Paradigmas:
La búsqueda por el Reencantamiento del Mundo
En
la historia reciente de Occidente podemos reconocer dos momentos
cruciales: el siglo XV y el siglo XX. El primero corresponde al
surgimiento de la modernidad, la transformación del mundo
hacia el paisaje que hoy conocemos: el capitalismo y junto con él,
el nacimiento de la conciencia científico - tecnológica.
Se trata de una conciencia operativa por excelencia, restringida
a la concepción de un mundo materialista, supuestamente objetivo,
sólido y real; que se construyó básicamente
sobre la idea de dominar la naturaleza para ponerla al servicio
de los hombres. Para ello fue necesario un movimiento de la conciencia:
apartarse del mundo natural al que antes se sentía unida,
reduciéndolo a la condición de materia prima inerte,
creerse diferente y superior, con libertad para experimentar y explotar
esos "recursos" ilimitadamente. Pero al "desencantar"
al mundo también se desencanto a sí misma. La conciencia
occidental moderna está sufriendo ahora el precio de su fragmentación,
pues en ese proceso parece haber perdido su propia alma (o ánima).
El siglo XX señala el estallido del pensamiento mecanicista.
Junto con las peores y más dramáticas consecuencias
del desencantamiento, resurgen como el ave fénix de entre
las cenizas, la búsqueda por el "reencantamiento"
del mundo.
La
aparición de nuevas teorías y paradigmas científicos
en este siglo son una manifestación de esta búsqueda.
Se trata de modelos provenientes de la física, la cibernética,
la biología y otras ciencias, que implican una manera de
interpretar el mundo radicalmente diferente a la concepción
clásica. Podríamos verlos también, como un
nuevo movimiento de la conciencia moderna, la que habiendo pasado
por la experiencia de la fragmentación, va ahora en busca
de aquellas partes de sí misma que fueron reprimidas y olvidadas.
En términos jungianos diríamos que Occidente está
ahora intentando recuperar su propia sombra, parte de la cual está
constituida sin duda, por la conciencia de los pueblos americanos
sometidos mediante conquista y colonización.
Convergencias:
La recuperación de lo Americano
Para ejemplificar elegimos dos temas básicos que creemos
nos permiten tender algunos puentes entre la concepción emergente
de la nueva física - relativista y cuántica - y la
cosmovisión indígena. El primero, es la visión
del mundo como una totalidad interdependiente en la que todos sus
elementos -incluido el hombre- forman una unidad indivisible. Se
basa en la íntima conexión entre la estructura ultima
de la materia, lo infinitamente pequeño y la estructura del
universo, lo infinitamente grande.
El
segundo tema es la concepción de la realidad como energía
en movimiento. La dinámica del Universo se asienta en la
naturaleza energética y dual y por lo tanto polar de la materia.
El cambio, el flujo continuo surge de la interacción de opuestos
complementarios que dan lugar al movimiento.
En
las culturas americanas esta idea la encontramos expresada de muchas
maneras pero básicamente en la búsqueda del equilibrio
entre el caos y el cosmos, que debe ser alcanzado en todos los órdenes,
desde los más cotidianos relacionados con la vida social
y económica hasta los rituales religiosos. Entre los pueblos
de los Andes del Sur encontramos como símbolo de la totalidad,
la figura mítica de Viracocha, suprema deidad de los Incas,
a la vez civilizados y transformador. Reúne múltiples
significados: es el circulo creador, es la dualidad - hombre, mujer,
unión de contrarios que da origen a la vida -, es el mundo,
la riqueza y el maestro. En la cosmovisión incaica Viracocha
lega a la humanidad el ritmo cósmico a través de sus
propios hijos transformados en el sol y la luna, recreado periódicamente
en las estaciones y en la agricultura. La vida humana, entregada
profundamente a la relación armónica con la naturaleza,
se inscribe así en la totalidad del Universo. Como gran metáfora
de la conexión entre microcosmos y el macrocosmos Pachacutec
(el que transforma, el que da vuelta todo) uno de los máximos
soberanos incas, pregonaba la necesidad de volver hacia el interior
de cada uno que era lo mismo que volver al principio, al origen
divino. Utilizaba tres conceptos: la reciprocidad (aiñi),
la energía (alpa) y la fuerza vital (enka), como síntesis
de un estado de conciencia colectivo que haría cambiar la
sociedad. Pero tal vez sean los aztecas quienes a través
de su compleja religiosidad expresaron de manera más profunda
y poética, esta concepción energética. Para
ellos, las fuerzas del Universo se concentraban en el embrión
en el momento de la concepción: es el tonalli, la potencia
energética de la vida, que desciende desde el decimotercer
cielo y se aloja en la persona. Esa energía vital que cada
hombre posee es también colectiva, porque alimenta a la comunidad
y de ella pasa nuevamente al Universo, cobijando al hombre en la
totalidad a la que pertenece. Allí reside el sentido de los
sacrificios, rituales liberadores de la energía alojada en
el corazón que de esa forma, volvía al cosmos y posibilitaba
otra vez la magia de la vida.
Así
como su máximo dios Quetzacoatl (la serpiente emplumada)
es la síntesis creadora entre materia y espíritu,
el hombre también debe equilibrar permanentemente estos dos
principios. La superación está en el cuerpo que "florece"
y la nueva luz que dará energía al sol a través
del corazón ofrendado. Esta divinidad era simultáneamente
el cielo, la tierra y el Sol de Viento, que ponía a la materia
en movimiento al impregnarla de espíritu. Para los aztecas
la forma de morir mas apreciada era la de los guerreros águilas
y tigres caídos durante el combate, pues estos iban a la
morada del Sol, aportando directamente energía a la energía.
Lo mismo sucedía con las mujeres que morían durante
el parto. Los primeros, después de cuatro años se
convertían en colibríes; las segundas en mariposas.
De esta forma los antiguos americanos comprendieron la profunda
conexión entre la vida y la muerte, como chispa energética
que garantiza la continuidad y el ritmo cósmico. Y era en
esta participación con la esencia de la vida que residía
para ellos el sentido de estar en el mundo.
El
Sentido Florecido
Podríamos seguir encontrando ejemplos apasionantes, pero
creemos que es mejor detenernos aquí y reflexionar justamente
acerca de que significa para nosotros, habitantes urbanos de la
globalización occidental, buscar convergencias con los indígenas
americanos. Sentimos que gran parte del sufrimiento de Occidente
proviene de haber perdido la vivencia y el significado de pertenecer
a la Naturaleza y al Cosmos, la experiencia de la Totalidad. Por
su parte, los pueblos originarios de América nos muestra
una imagen completamente diferente. Son pueblos que vivieron en
un mundo pleno de sentido, y que nunca lo perdieron, aún
cuando fueron ferozmente perseguidos, sometidos y muchos de ellos,
aniquilados. Pese al latrocinio que significó la conquista,
hoy vemos que el alma de aquellos antiguos americanos aún
pervive; que su sentido puede ser recuperado y que también
puede ser nuestro. Que es posible un encuentro fraterno entre ellos
y nosotros, porque ambos cargamos con nuestros respectivos dolores,
y solo a partir de su aceptación, nuestras almas podrán
acercarse y hacer florecer el mundo una vez más.
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