VIAJE AL CORAZON DEL MUNDO RANQUEL

Por Carlos Martínez Sarasola
Nota publicada en “Caldenia”, suplemento cultural del diario La Arena, Santa Rosa, La Pampa. Domingo 29/12/2002.

 

El porqué de un viaje
Desde hace unos dos años, el desarrollo de un proyecto de investigación de la Fundación Desde América, la ONG adonde desempeño mis actividades como antropólogo, sumado a otras circunstancias, me fueron llevando a sucesivas visitas a La Pampa. Poco a poco fui adentrándome en ese territorio pleno de historia y en particular, de historia indígena, que nunca había profundizado en el propio terreno, salvo algún que otro viaje esporádico hace muchos años atrás, cuando todavía me encontraba esbozando el libro “Nuestros paisanos los indios”.

Fui conociendo a muchas personas, especialistas, investigadores, estudiosos, y por supuesto paisanos descendientes de los principales linajes de la región. Todos ellos con gran generosidad me fueron aportando distintos elementos que fueron armando un cuadro de situación de la actualidad ranquel en la zona y creando la necesidad de realizar un viaje que me acercara aún más a la realidad de esos hermanos indios.

Fue así que junto a Juan Carlos Scovenna -reconocido abogado, defensor de la causa indígena, profundo conocedor de la región y un gran amigo- y Ana María Domínguez -descendiente del cacique Panguitruz Guor (Mariano Rosas), lonko de la comunidad Mariano Rosas e integrante del Consejo de Lonkos ranqueles de La Pampa- decidimos realizar un viaje por el interior del desierto pampeano (“La Travesía”) con el objetivo de visitar a los descendientes de ranqueles y algunos ancianos depositarios de la memoria de sus comunidades.

También pensamos que sería importante que nos acompañara Carlos Campú, lonko che o Cacique General del pueblo ranquel, hecho que afortunadamente sucedió.

Lo que a continuación sigue, son las impresiones de un corto pero intenso viaje -realizado entre el viernes 19 y el domingo 21 de julio pasado- que modificó mi perspectiva sobre la realidad y el futuro de los ranqueles pampeanos.

Homenaje en Leuvucó
El día de nuestra salida de Santa Rosa y rumbo a Victorica, pasamos por Montechué, a unos 10 km. de la ciudad capital. Allí se encuentra una de las viejas rastrilladas indígenas de la cual aún pueden observarse sus vestigios. Nos encontramos en el camino con las nietas de Veneranda Cabral, una de las más grandes tejedoras de La Pampa y descendientes del cacique Ramón Cabral, también conocido como Ramón Platero. Las llevamos hasta la entrada de Victorica en donde ya nos esperaba el lonko che Carlos Campú, su asistente Daniel Cabral y su hijo Florentino, los que se sumaron a nuestro viaje.

Nos dirigimos entonces a Leuvucó (en lengua: correntada, agua que corre), adonde llegamos promediando la tarde. Permanecimos en el lugar durante varias horas hasta bien entrada la noche, junto al mausoleo o sepultura de Mariano Rosas.

Por unos minutos contemplé el entorno, la extensa llanura a mi alrededor, los rastros de la laguna cuyas escasas aguas brillaban al sol enrojecido del crepúsculo, y sentí la fuerza de un lugar que fue uno de los centros del poderío ranquel hasta hace poco más de cien años, cuando el sueño de vivir libres aún estaba vivo en el pensamiento de los grandes jefes indios y sus comunidades.

Esa energía se percibía todavía más ante la presencia del monumento, que es una estructura de forma piramidal, realizada en madera de caldén y sobre una base de troncos también de caldenes.

“Nosotros queríamos -explica Ana María Dominguez- “que todo estuviera construido con elementos propios del lugar, que fuera algo sencillo como lo era Panguitruz, él nunca quiso tener privilegios, sobresalir de la tribu con cosas que le ofrecían, casas de material o elementos que pudieran destacarlo más que a su gente, entonces nosotros quisimos hacer algo con cosas del habitat por eso se utilizó la madera de caldén (...) todos estos símbolos y los dibujos que representan cada uno de los linajes se hizo tallado a mano y está enclavado sobre los troncos de caldén un poco para protegerlo también porque la zona es muy árida (...) dijimos sepultarlo en un lugar donde esté sobre la tierra, dentro de la sepultura se le colocó arena del lugar de Leuvucó. Es lo que nosotros pudimos lograr, lo más simple pero también a la vez significativo.”

Cada una de las cuatro caras (dirigidas a los puntos cardinales) presenta una serie de diseños que corresponden a los principales linajes ranqueles. Ana María nos explicó también el significado de esos diseños:
“Desde el ombligo de la tierra hacia la luz, según el pensamiento y cosmogonía del pueblo ranculche, tiene cuatro caras, cuatro laterales...el número cuatro es muy cosmogónico dentro de las culturas aborígenes, los cuatro laterales representan la confederación ranquel en tiempo en que vivía el cacique Mariano Rosas. En la parte de acceso a la sepultura está el zorro que representa al linaje de Panguitruz Gnerr, el linaje de los zorros y en la tapa está dibujado un kultrún que representa las cuatro partes de la tierra , dibujado también el eje cósmico, lleva también en sus extremos las patas del choique, que es el animal del habitat y del que tomamos nuestras formas comunitarias de vida y es el animal que nosotros imitamos en nuestras danzas, que es el choique purrun.”

“En el otro lateral se indica donde estaban las parcialidades de Ramón Cabral, representadas con un nahuel , corresponde al linaje de Ramón Cabral, el platero, y con toda su platería que lo identifica porque él era el platero de esa comunidad del pueblo ranquel. Después está representado con un patito en la laguna, el linaje de Pichuín Gualá y de la dinastía de Yanquetruz y también del antiguo Carripilún, es una figura del gran cacique Carripilún, que emerge del carrizal, el ámbito de asentamiento donde él estaba con la gente. Después esta la fauna y la flora que había en el lugar y está el ñanku que es un ave que representa, estando de frente, la buena suerte para cualquier empresa que emprendiera el pueblo ranquelino”.

“También se encuentra una marca que utilizaba Ramón Cabral y que encierra una leyenda, porque es la pata de un choique atravesada por unas formas que representan la Vía Láctea...la leyenda dice que el choique puso la pata tan fuerte sobre la tierra, levantó tanta polvareda que se formó la Vía Láctea....esa es la leyenda de la marca de Ramón Cabral”.

“El lado del zorro está mirando al este, punto cardinal de referencia, donde nace el sol, como está mirando la carita del zorro, lo han dibujado echado porque ahí descansa Panguitruz Gnerr, él lleva el nombre de los zorros, “zorro cazador de leones” y está apuntando al Este donde también tenemos a escasos metros plantado un rewe que es donde se realizó la ceremonia el 24 de junio de 2001 en que se hizo el enterratorio y fue la primera ceremonia, el primer nguillatún que se hizo en Leuvucó después de 123 años, se volvió a hacer allí la noche del 24 que coincidió con el Año Nuevo. Y está también dispuesta una gran enrramada y ahora en poco tiempo ya va a estar terminado el Círculo Parlamentario donde se van a realizar los parlamentos.”

A instancias de Campú decidimos organizar una comida, junto al rewe. Posteriormente, y también por iniciativa del lonko, se realiza un llapay (salud) y un nguillipún (nguillatún más reducido y al anochecer).

Danzamos alrededor del fuego, bajo las estrellas, y lo que sucede en ese instante es algo irrepetible. Es una ceremonia-homenaje a Mariano, al lugar, al pueblo ranquel y a nosotros mismos, blancos e indios, que juntos hemos sido llevados hasta allí, para compartir un instante de excepción en donde lo sagrado se ha hecho presente.

Volver a la tierra
Al día siguiente partimos hacia Colonia Emilio Mitre. El paisaje nos muestra la desaparición paulatina del caldenal que deja lugar a la jarilla. El monte se va perdiendo y aparecen los médanos. En 1889, por la llamada Ley del Hogar, los descendientes de los ranqueles fueron trasladados desde La Blanca, en el este de la Provincia, hasta la Colonia Emilio Mitre. Se necesitaban 5000 hectáreas por familia y les dieron sólo 600....”los trajeron al desierto....” adonde no se puede sembrar prácticamente nada porque el suelo es sumamente arenoso.

El paisaje es abrumador. La poca vegetación existente nos remite a plantas de climas áridos como la jarilla y el alpataco (muy espinoso). Llegamos hasta la casa de Estanislao Rosas. Es uno de los pocos pobladores que hoy quedan en Colonia Emilio Mitre. Vive sólo -su mujer murió hace unos cinco años- y a pesar de las carencias del lugar, su vida es digna y razonablemente confortable. Cuenta con animales de granja, algunos vacunos y caballos. Esta es una de las razones que impulsan a Carlos Campú a ser un promotor de que los ranqueles que hoy viven en condiciones muy precarias en las ciudades regresen a sus lugares de origen, “regresen a la tierra” que aunque no sería en condiciones ideales, al menos estarían nuevamente en el campo y reunidos.

El lugar en donde vive Estanislao albergó en su momento a la estafeta postal de la Colonia. Revisando entre muchos papeles depositados allí descubrimos el libro diario de las encomiendas. A partir de allí podría reconstruirse buena parte de la historia de la gente del lugar. Luego de almorzar con Estanislao, partimos hacia nuestro próximo encuentro, con Ataliva Canhué.

Carlos Martínez Sarasola observa el homenaje de los ranquelinos ante el monumento que guarda los restos de Mariano Rosas.

Don Ataliva es el ex lonko che de los ranqueles y actual inalonko (segundo jefe). Están con él su mujer y su hija Ana, ambas eximias tejedoras. Al igual que nos sucedió con Estanislao, observamos que si bien la familia vive en pleno medanal -el paisaje por momentos es alucinante, con médanos altísimos, móviles, de un color marrón fuerte- el ámbito de la vivienda es acogedor. Las casas fueron construidas por un plan de la Provincia y con las sugerencias de los propios indígenas. Tienen animales y comercian los textiles. Estos elementos reafirman el pensamiento de Campú, respecto a que sus paisanos regresen a la tierra. El mismo da el ejemplo, viviendo en el corazón de “la travesía” junto a su familia.

Al día siguiente pasamos por la “tapera” de Martín Chimillán, un abuelito de cien años de edad que hoy está internado en el Asilo de Victorica. Según Jorge Echeveste -en cuya propiedad en Arbol Solo pasamos la noche- es un hombre que aún conserva importantes recuerdos de la vida en las tolderías aunque es reacio a contarlos, también debido a su edad muy avanzada.

Hacemos una escala final en “La Marianita”, una estancia propiedad de Yolanda Huarte y Francisco Garro. Está abierta para la gente y especialmente a las escuelas y contingentes de turistas que llegan hasta allí, para escuchar relatos sobre las historias del lugar, así como también apreciar la valiosa colección de piezas indígenas de la región.

Ahora sí, volvemos. Con la dulce carga de lo pendiente que nos espera por hacer en un nuevo viaje, como la visita a Santa Isabel, en donde viven importantes tejedoras como Ana Canhué y otras, que mantienen el arte tradicional.

Volvemos, pero...¿hacia dónde? hacia las profundidades de la historia ranquel y su actualidad de fuerte presencia en la región; toda ella está llena de gente con ascendencia indígena, en localidades como General Acha, Toay, Santa Isabel, Arbol Solo, Victorica y Santa Rosa, entre tantas otras. En estos lugares existen además apellidos que no están en otras partes, tales como Campú, Cabral, Epumer, Baigorria, Carripilon o Cayupán (seis leones, capitanejo de Mariano Rosas).

Percibimos que estamos en presencia del resurgimiento de la cultura ranquel, en coincidencia con el ascenso del mundo indígena en toda América, que muestra la aparición de importantes movimientos de recuperación étnica, señales del nuevo tiempo que sutilmente se abre paso entre nosotros.

Volvemos, hacia las ceremonias ancestrales, como esa última que hicieron los abuelos, allá, en la comunidad de Luis Baigorrita -hermano de Manuel- cuando se invitó a la famosa machi Bibiana García para el último Nguillatún que se celebró en el territorio pampeano en 1910. La mujer sabia, conocida también como “la reina Bibiana” murió en el viaje de regreso al Azul, adonde residía.

Y volvemos una vez más acompañados por las palabras profundas de Ana María Domínguez, que devuelven el sentido a los sitios originarios, como ése donde hoy descansa Mariano Rosas.
”...es el lugar es donde nosotros tenemos donde beber la fuente de nuestros antepasados porque ellos permanecieron allí, resistieron y muchos de sus espíritus todavía permanecen en el lugar y volver a ese lugar es reafirmar nuestra identidad, es decir que allí está la verdadera fuente espiritual que nos transporta hacia un futuro. Nos sentimos firmemente arraigados a esa tierra y nuestras raíces están ahí y nuestra proyección desde esas raíces...”

Volvemos...¿hacia la tierra, como sueña Campú? tal vez y en todo caso, y como él mismo dijo, hacia un paso anterior, ese que tiene que ver con el sentir, ese mágico “sentir la tierra”, que surge como una necesidad vital previa a todo. Tal vez a que los ranqueles de hoy regresen un día a las tierras recuperadas, recreando el espíritu interminable de Leuvucó.

Carlos Campú, lonco de la parcialidad ranquelina actual, y Ana María Domínguez, en Leuvucó

Agradecimientos
Quiero mencionar los invalorables aportes que durante todo el tiempo que llevo visitando La Pampa me han brindado José Carlos Depetris, Pedro Eduardo Steibel, Walter Cazenave y Edgardo Morisoli, así como aquellas personas y paisanos indígenas mencionados en esta nota. Espero que todos ellos -más todos aquellos con los que seguramente me iré encontrando- se sientan retribuidos y que podamos seguir intercambiando para contribuir a la comprensión de la historia, la cultura y la identidad de esta parte tan rica de nuestro país.